Apeido: Marqués
Conocido como el chico que de la soledad nació.
Una vida sociable aplastada, no era ironía.
A los cuatro años de vida, por sus padres fue abandonado.
La vez que lo encontré, fue en el ’69, lloraba por la calle Escobedo; cerca del panteón.
Buscando un alma que lo refugiara, más no fue así.
Al ver esto, mi vista se rompió, como me da rabia al no poderlo ayudar.
Pobre en estudios, escritura y evolucionando en un analfabeta.
Era en su niñez, un niño tierno de ojos negros, mirada tierna. Su cuerpo, en los huesos.
Viviendo de fe, en algún momento él encontraría a sus padres… con emoción lo decía.
Amaba a la naturaleza, que humildad.
No ambicionaba el dinero, sólo algún amor, que consolara a su espíritu perdido.
Bajo la lluvia, dormía y en el amanecer despertaba.
Cada día una búsqueda más.
Así el tiempo transcurrió.
Los años no se detenían…
Habían pasado ya once años desde que mis ojos lo llegaron a ver.
Lo recordaba constantemente. Preguntándome, qué le había sucedido, habrá encontrado lo que tanto ansiaba… eran miles de dudas. Hasta pensando en su muerte.
Y en aquella esquina, por allá de las diez de la noche, volvió a aparecer.
Aquella camisa clara, se torno oscura. Con aquellos pantalones rotos, que perdían su color.
La mirada conservándose tras esos ojos negros esmeraldas…
No me reconocía, había perdido el control, ya no era él.
El alcohol lo llevó al olvido, donde tiraba al odio la frustración.
Ya no había esperanza.
No estaba a mí alcance hacer más. Me rechazaba la ayuda y… al despedirme sólo un beso le di.
Angustiada llegué a casa… hubiese deseado quedarme a tu lado, aunque no lo desearas.
Te busqué durante semanas y no apareciste ahí.
Volvieron a pasar varios años. Deseaba encontrarte a como diera lugar.
Llegó la mañana de 1980, mientras me dirigía a la universidad. Esperaba el transporte y tú trataste de llevarte mi bolso… me preguntabas por lo de valor. No tenía nada.
Me quedé asombrada de esa evolución extraña en ti.
Te observé y tú hacías memoria; pupilas alteradas, enflacaste en esos seis años, tu pelo ya no era el castaño que conocía, blanqueó; tus labios, marchitados.
Te estremeció la vista que aseché hacía ti. Rompiste en llanto, me pedías disculpas. Te di un fuerte abrazo.
Me contaste lo que había sucedido dentro esos largos años…
Con temor me susurrabas la historia.
Habías caminado por las avenidas, tocando puertas con un retrato viejo; tratando de buscar una señal, que en vano se volvió.
Llorabas desconsoladamente…
Enamorado de la chica de contra esquina con Veracruz, entre otras más.
Vivías enamorado.
Algunas queriéndote hacer olvidar el mal pasado.
Por las noches; haciendo el amor.
Entre chicas enamoradas y uno que otro corazón robado.
Decepcionado de la realidad, de el abandono total.
Un río de alcohol y drogas te llevó.
Y continuabas diciendo; que muy en el fondo seguías esperando a las personas que un día te criaron.
Tu casa, era la esquina de la mía, ya no eras el niño, ni el adolescente. Y aquellos ojos tristes mantenían su ternura del niño escondido en la sombra.
Eras un adicto a la cocaína.
Bebías alcohol sin límites.
Tu cara golpeada…no sé que había pasado.
Estabas destruido física y mentalmente.
No sabías que hacías aquí…
Perdiste todo y a pesar de que diste tanto… de corazón.
Inmune a la realidad.
Querías morir…
Íbamos rumbo al hospital. Tu estado era terrible. Autodestrucción simple.
No sabía tu nombre, ni tu edad.
Al llego al hospital, te interné.
El médico mencionó que era inútil tratar de reponer tu salud…
Tuviste complicaciones, necesitabas un transplante, ya no había tiempo.
Me pediste, a los veintiocho años de vida, que te dejara morir libremente, que ya no había nada que te detuviera. Se te había ido rápido la vida.
Pasaron tres años, cuanto tu estado era deprimente.
Llego la hora de saber cual sería tu petición… ¿Qué pasaría al llegar tu hora?... tu muerte sería algo triste para mí.
Me ordenaste que simplemente estuviera a tu lado durante esos meses de agonía.
Yo te pedía a cambio tu nombre, tu etiqueta…
No lo recordabas y sólo me dijiste tu apellido…
Te apellidabas Marqués y habías nacido un 20 de diciembre del ’65…
Era lo único que me podías decir.
Y así pasaron los días. Cada día desvanecía una lágrima que me frustraba a tu adiós.
Así pasaron dos largos años. Celebramos juntos navidad y otros días festivos.
En año nuevo, en 1983, ya no me reconocías como antes, hablabas menos, poco apetito, ya sabía que sería tu partida.
Y fue el 2 de Febrero de 1983, cuando empezabas a delirar y a verme. Te tomé de la mano y te abracé.
Las últimas palabras fueron: ‘gracias por todo, a pesar de que nos distanciábamos, siempre te recordé. Mi vida fue cruel, pero tu la hiciste bella, gracias por mantenerme dentro de ti, esperaba algún día pagarte, pero ya es muy tarde.
Te querré siempre. Mi querida amiga. Hasta luego.’
Murió esa noche, agobiante y reprimida.
Sufría de cirrosis...
Al final fue, un paro cardiaco.
Sepulté su cuerpo en aquél panteón, que quedaba entre Yánez y Escobedo.
Guardé silencio y me puse a pensar, pocas personas como él hay…también la vida que llevo fue miserable y sin privilegios; de reír, de ser feliz.
Dejé sobre su tumba unas bugambilias frescas, como una vez lo fue su esencia. Me retiré y al caminar miré a la banqueta donde de pequeño jugaba.
Del joven solitario e iluso… que en la muerte perdió la esperanza. De los ojos oscuros salió las ganas de soñar.
Terminando… fue el chico sospechoso.
Marqués fue su nombre y apellido para mí.
