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La Coctelera

Sueña y volarás, cuando vueles serás libre...

AC.TI.TUD

19 Diciembre 2005

Silenciosa Pasión

Cuéntame ¿Cómo lo viste hoy? Le pregunté con hilos nerviosos en la lengua.
Insistía tanto que, creía que era un hipócrita al soportarme, pero esa mañana no me importó. Sin cuidado me dijo – Se ve igual de feo – con tono bromista.
Calla – le dije. Mientras no sepa quienes somos, todo puede continuar como siempre. Eso sí – comentó ni más que decir. Iré al centro y no pienso regresar hasta mañana. Te traeré las mejores nuevas… pero esperarás.
Vale, espera, ¿a dónde vas? – dije con mucho interés. Saldré con unos amigos al bar, y con soltería puesta logaré tener una noche divertida. – muy vanidoso guiñó el ojo. Al final cerró la puerta.
¿Qué podía esperar de un chaval de tan sólo 19 años? Recordé un refrán que hablaba sobre los hombres guapos de mentes estériles. Él no tenía ni un pelo de pendejo, era muy listo y audaz.

Esa tarde me tocó comer sola y como era de poco apetito, bajé del apartamento al abarrote de la esquina; compré un jugo de piña y sopa cualquiera. Que con sólo prenderle fuego lento en diez minutos podrías disfrutar de ella. Después fui a mi cuarto a prender el televisor, pero ¡carajo! Olvidé pagar la electricidad. No me pagaban hasta mañana por la tarde; al terminar mis clases de aeróbic.
Siempre me burlaba de las nenitas de dieciséis a diecisiete años; comiendo como si fuese campeonato mundial y al estar con sus novios haciéndose de la boca chiquita.
Mi lema era mantenerme bien, saludablemente, agregando, que, se fuera al diablo el físico.
Terminé de leer a Jordi Sierra y salí a caminar a la plaza más cercana de la calle Juárez. Me recosté en una banca y tarareaba canciones que, pudo hacer olvidar el viento. Amaba la astronomía tanto como vivir. Dibujaba las estrellas aunque fuera de día. Mi mayor misterio: los agujeros negros. Sentía las ansias de navegar en ellos, arriesgando la vida.
Fantaseaba mucho, estaba satisfecha sin amores…
Caminé hacia mi dulce apartamento y no me extrañaba que Paco no estuviera presente.
¿Dónde andará aquél que sin aliento sigue vivo? Cantaba desnudándome.
El reloj marcaba la una y media de la madrugada. Decidí bañarme; en el resto del día no había tocado una sola gota de agua.
Me quité mi collar favorito de pequeñas conchas pintadas a mano, color plata.
Quité mis tobilleras con diseño de corazones rotos, ya un poco deslavados. Solté mi pelo negro y desenredé un poco con suavidad. Desvaneció por mi pecho una blusa de tirantes, mi favorita, de encaje negro. Me quité el pantalón de mezclilla, de esos azul marino, excelentes para que robara los ojos de los hombres más adorables y sus pupilas pasearlas por mi culo…
Desabroché el sostén y con delicadeza quitaba la delgada y fina tanga, que daba forma a mis nalgas vírgenes.
Resbalé mis manos frías por mis pechos; los acaricié. Abrí la puerta para asomarme al espejo de mi cuarto. Noté que mi cuerpo había cambiado, mis senos eran más grandes que el área de mi mano. Mi espalda recta, mi obligo de ojo curioso, mis piernas ásperas con su figura… y mi parte favorita: mi cadera. Era la imitación de las musas perfectas.
Estaba oscuro, sin luz, y sólo escuchaba mi respirar… una voz somnolienta me acarició el oído y me abrazó de la cintura.
Me llevó a la ducha sin saber quién era. Lo desvestí poco a poco. No vi su rostro por temor… eso no me detuvo a seguir.
Reconocía casi todo de él, y para afirmarlo me sacrifiqué. Mis ojos lo miraron.
Mi hermano...

Era el hombre que menos debía estar en esta situación, pero… todo papel cambió. Me tocaba desde mi cuello hasta atravesar el más mínimo recuerdo de aquel amor inhóspito. Yo acaricié su cara, su pecho tan bien formado.
Estaba tan excitada que, perdía la noción del tiempo. Nuestros gemidos se perdían. Él no paraba de piropear y yo sentía tan gran emoción que ni siquiera los dioses tocaban la altitud.
Yo pedía más, más y más. Paco tenía cara de satisfacción, de placer; de máxima excitación. Paseábamos por el departamento y seguimos en cama. Expresábamos más de lo que pensábamos. ¡Joder, era inesperado!
Toqué su pene, estaba duro; listo para penetrar y, así lo dejé entrar.
Ya no era la mujer virgen, ya no tenía eso, pero contaba con algo nuevo. Quedamos rendidos. Saciados.
Cerré mis ojos para esperar la mañana.
A las nueve ya estaba en pie, desayuné y me dirigía al gimnasio. Para empezar mis clases, me encontré a dos pequeñas nuevas. Al finalizar mi horario, fui por mi quincena.

Al llegar, el apartamento estaba abierto, el cantaba mi canción favorita “Across the Universe” de los famosos Beatles. Al entrar reí y lo saludé. Me besó y me invitó a comer; para esto, él había comprado lagsana, preferida de ambos. Hablábamos de lo sucedido y los dos nos intimidábamos con cada cosa… que ni se diga.
Algo teníamos en claro: éramos hermanos y ayer habíamos probado de nuestra seducción. Él sabía que yo estaba de coqueta con un joven de la universidad en donde yo estudié. La verdad disfrutaba estar como estaba.
Paco, era un gran hermano pero en las noches una gran maravilla.
Hicimos pausa en la conversación y pregunté - ¿Qué pasó con él, está bien? ¿Platicaste de algo?
No – dijo secamente. Estaba borracho en el bar, rodeado de putas… se reía de las pavadas de tales viejas. ¡Es un patán, Lucia!
No quiero pelear – dije sumisa. Tengo años echándole la mira.
Lo sé y entiendo esa desesperación, pero mientras seas abstracta para él y yo lo observe, seguirás huella tras huella. ¿Con qué fin?
Contesté fríamente – sé lo que ha hecho cada día, cada año; hasta en su cumpleaños. Me ha decepcionado, sin embargo tiene sus razones, no lo justifico.
Piénsalo bien Lucy. Si ese sujeto te hiere… no quiero imaginar que le puedo hacer. ¡Ah!- hizo pausa – Por cierto, ayer platiqué con un amigo y pronto habrá trabajo. Empezaré a entregar los diarios del famosísimo periodismo… ¿Adivinas?
Anda, dime chaval – dije ansiosa. Le gustaba dejarme en suspenso, pero concluyó: Libertad Artística.
¿Bromeas? – dije asombrada. No, mi corazón – dijo con sonrisa maligna.
¡Felicidades! – exclamé. Me alegra que todo marche bien.
Gracias Lucia, sabes que eres parte de mi apoyo; después de ser abandonados… creí estar perdido en aquella infancia.
Ni me lo recuerdes – dije seria. Odiaba el orfanato…
Me lo imagino – dijo con voz triste.
Te extrañé mucho, esos días eran de lo peor.
Lo sé – dije suspirando. Ya pasó. Que el pasado se haga cargo de dicho momento.
No cabe duda – comentó riendo. ¿Qué dice el gimnasio?
Bien, después de cobrar fui a pagar la luz, que, las velas ayer ardían.
Ni cuenta me di – dijo Paco. ¿Terminaste?
Si, satisfecha. Gracias – dije sin perder su mirada. ¿Qué harás?
Nada, Lucy, y ¿tú? – me preguntó.
¿Salimos a caminar? – lo invité.
Vale; deja termino de lavar la loza – dijo feliz.
Está bien – le dije y, le di una pequeña nalgada.
Visitamos catedral, vimos algunas remodelaciones, muy frescas. Me invitó un helado y nos sentamos a descansar. ¿Qué piensas, Lucy? – me preguntó intrigado.
No lo sé – dije. Dudo volver a la universidad. Estará ahí y…
Lucia, por favor, si tanto deseas estar con él… ¿Qué diablos esperas? – me dijo con cierta ironía.
Paco, comprende. ¿Qué puedo ofrecer? Tengo veinte años, trabajo dando clases en un gimnasio, huérfana… para qué seguir – dije con lágrimas en los ojos.
¡Coño, Lucy! Me extraña que, tú más que nadie, me diga esto… eres una gran mujer, responsable, excelsa, delicada, bella. ¡Eres una diosa, hermana! Anda, déjame secarte esas gotitas de dolor – dijo Paco preocupado.
Lo abracé y le dije al oído – Te quiero mucho, chico.
Yo también – contestó con una brillante sonrisa.
Regresamos a nuestro hogar. Él se había quedado recostado en mi pecho, de pronto se quedó dormido. Yo buscaba ordenar mis ideas; no despertar hasta que, el sol lo deseara.
Al día siguiente, Paco y yo desayunamos. Después me dejó en la universidad, mientras tanto él tomó rumbo a su nuevo trabajo.
La universidad estaba casi vacía a eso de las seis de la mañana. Platiqué unos minutos con la secretaria para enterarme de las nuevas noticias, es decir, chismes que, poco, muy poco me interesaban.
Maté el tiempo. Llegó el director y le pedí hablar sólo unos segundos. Le dio gusto haberme visto. Surgió la oferta… me ofreció la clase de introducción a la física en horario matutino.
¡Quedaba perfecto! De siete a ocho a la universidad, saliendo de ahí; directo al gimnasio. ¡Exquisito!
Me despedí de él y me retiré.
Llegué al departamento, preparé todo para mis clases de “adelgaza si puedes.” Tocó un día lleno de nubes.
Me sentía algo cansada. Por fin terminé puntualmente. Preparé comida para Paco y algo para mí. Pensaba en él, en el chico de mis sueños… susurré Víctor, su nombre. No lo negaba, lo estaba esperando desde hace un año.
No soy de esas mujeres urgidas que, sólo necesitan un novio para comprobar ser mujer… pero anhelaba compartir con él mi vida.
Pasaron semanas, ya casi cumplía dos meses en la universidad y un año dando clases de aeróbic. No me podía ir mal. A Paco le habían subido el sueldo; eso dio oportunidad de modificar el apartamento.

Un sábado por la tarde, Paco me invitó al bar y llevaba a una chica que, ese mismo día, me enteré que pronto sería su novia. Estaba feliz.
Me presentó a tres de sus colegas, y cada uno me invitó un trago.
Bailé algunos boleros. Seguía la hora de salsa y tenía muy buen ritmo. Seguí tomando y haciendo movimiento al ritmo de la música. Era el mejor bar en Madrid.
Escribía la canción de Celia Cruz, sobre la servilleta, esa que hablaba de la vida.
“Hay que seguir cantando” vacilaba. En eso, se me acerca Paco y me dice – mira nena, quién viene en camino…
Mis ojos golpearon su rostro, era Víctor, el cabron más precioso.
Te invito a bailar ¿qué dices? – dijo con elegancia.
No me parece mala idea – contesté con sutileza.
Comenzamos a bailar, me tomó de la cadera. Me anime a preguntarle su nombre y edad, aunque las supiera.
Me llamo Víctor – contestó en mi oído. Tengo veinte y tres años ¿y tú?
Lucia, pero me dicen Lucy de cariño – nos apegamos más – tengo veinte años, y, soy soltera…
Había escuchado tu nombre, algunos rumores de tu belleza… Lucy, eres una divina.
Ah, gracias Víctor – mi corazón saltaba como nene con juguete nuevo.
¿Tienes novia? – pregunté.
No para nada, aún no llega el amor. ¿Tú? – preguntó disimuladamente.
Soy tan perversa que, se espantan – dije sarcásticamente.
Me parece muy raro en una chica como tú; eres inteligente por lo que dicen en la universidad.
¿Das clases? – asombrada pregunté. ¿Qué no habías renunciado?
He vuelto, doy en las tardes para mantenerme ocupado. Lo confesó.
Ah, que bien. ¿En qué departamento? – ya ni me acordaba cuantas pistas llevábamos al danzón.
Sociología. ¿Quieres tomar asiento y charlar? – dijo.
Claro – acepté.
Platicamos horas y horas, de su vida; de mis amigos, sus viajes, niñez, familiares, nuestras carreras y nuevos trabajos.
El mesero nos avisó que ya faltaban quince minutos para cerrar el lugar.
Pagó la cuenta mientras yo le llamé a Paco para irnos. Paco iría a dejar a su nueva novia, así que, opté por pedirle que me acompañara al apartamento.
¿Puedes acompañarme a casa? – pregunté con preocupación.
Sí, claro – respondió con toda amabilidad.
Me abrió la puerta de su carro y subí. Me sentía nerviosa. Quería llamar su atención.
Bueno, aquí es – dije. Gracias Víctor.
Trataba de abrir la puerta y sentía su mirada tras de mi.
¿Qué pasa? – pregunté con inocencia embustera.
Lucia no quiero verme grosero, pero me atrás, me llenas de locura – dijo con gran cariño.
No podía creerlo, estática por segundos… contesté: si supieras que desde hace tiempo, eres mi frustración – y me solté a reír.
Parece irónico; me intimidas con sólo mirarte – respondió.
¿Quieres pasar? – lo invité.
Si – enseguida contestó.
Me quité los tacones y nos pusimos cómodos en la sala. Jugábamos con los labios y de sorpresa me besó. Fue tan profundo, me estremeció.
Yo respondí, y con mi lujuria lo desvestí. Él, sin ningún prejuicio me quitó el vestido esmeralda de tirantes. No tuvo problemas con mi ropa interior; no tenía sostén y un hilo dental desapareció con sus manos.
Era corpulento, piel de color arena, cintura de bailarín y manos ardientes. Hicimos el amor, por un par de horas. Su sudor me bañaba y mis besos lo empapaban. Demostré la locura en mi desnudez.
Era potente para tener sexo. Terminamos en el amanecer y se despidió prometiéndome llamar pronto.
A los segundos llegó Paco, se veía exhausto.
¿Cómo te fue con la chica? – curiosa le pregunté.
Muy bien, aceptó llevar a cabo el noviazgo y tuve una pasión por ahí… - dijo con alegría pintada en todo el rostro.
Que bien. Me retiro a dormir.
Lo vi salir. ¿Qué pasó, Lucia? – preguntó con animo.
No me pudo ir mejor – afirmé.
Vaya, Lucy eso suena bien… - dijo. Besó mi frente y replicó – a dormir pequeña, que hoy nos fue de maravilla.
Eso que ni que – dije con cansancio.
Pensando en los magníficos momentos de tan novedosa vida.
La pureza erótica. La filtración de fantasías en mis poros.
El poder de hacer el amor.
Llegué a mi alcoba, me quedé en cueros.
Y bajo las sabanas, cayó mi sueño.

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