Mon petit homme
Eso existe y existirá siempre porque afortunadamente no fue mi primer beso pero sí mi primera risa e increíblemente alivió a mi alma en su estancia. Fue divino besarlo y alabar cada parpadeo que reventaba la locura de mis nervios, fue maravilloso decirle la verdad, fueron inigualables sus palabras después del acto, fueron sus labios infinitos esos seis meses de euforia matrimonial.
Usted sí que me amó, me lloró, me amó. Yo también lo ame y nos divertimos como niños tontos con berrinches injustificables aunque llenos de pretextos, eso que ni quién lo dude.
Después de un par de años por lado de una servidora los recuerdos persisten y ¡voila! sigo esperando ser aquella terca, necia y orgullosa que conociste cuando tenía aquella edad preciada, aquel éxtasis juvenil y esa rebeldía que le inflaba el cerebro.
Usted era, era un hilo moreno, flaco con sus bonitos granitos pubertos que se adornaban debajo de esos ojos que por vida me van a seguir matando; era tan divertido que juntos recorríamos con el sol, la escasa lluvia en el pueblo (vestido de ciudad), con el viento polvoriento lleno de smog. Subimos cerros, tocamos la arena de la playa, caminamos gracias a la fuerza de su mano y a la bondad de mis ánimos.
Fue mi maestro y lo ame, prohibidamente lo soñé y deseé.
Para usted esto no debe ser importante, ni mucho menos pensar en mí. El tiempo ha volado.
Para mí, usted ha sido inspiración en mente perdida, será pretexto para seguir recordando y es obstáculo para olvidarme de usted.
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